
Una mañana de domingo
me colgué de tu cometa atado al cuello,
desarticulé la maqueta de mi vida
y con las piezas desordené el porvenir.
Un domingo proyecté lo que me queda de vida
y entre mis pasos traté de remedar los tuyos,
remendando entre tu andar felino
la autonomía mecánica de mis décadas ambulantes.
Caminantes,
suplicantes,
dos niños extraviados
en la recta numérica del cero mediado,
perplejos,
pendejos.
Una mañana de domingo
te bese casi cuando el sol se ahogó,
una mañana de domingo,
una jodida mañana de domingo.