Sin las palabras suficientes para coordinar ideas sólo empleo escaramuzas para entretener este tiempo lleno de todo e hinchado de aire; “¡somos un chingo! “ alguien dijo.
La brutalidad visual ha emprendido un camino sin retorno y yo ya no puedo escribir cartas extensas, o un conjunto de apuntes descuidados como un día pasado pude haberlo hecho, ¿a quién le interesa realmente? Sólo algún curioso podrá enterrar la nariz en este papel olvidado y otro ocioso más bostezará desplazando la mirada entornada sobre estas líneas sentado en la banca de alguna plaza pública mientras espera ver pasar el siguiente trasero de otra joven apurada. Hoy hay más entusiasmo que ganas por hacer las cosas. Si, somos muchos, muchos y suficientes, y aún seremos más.
Déjame ver, entretenemos nuestras cualidades, aptitudes y actitudes para justificarnos ante la masa de la que aún con bemoles nos permite reenfocar la visual que la comparsa donde aterrizamos nos impulsa sutil y brutal cada día; y a pesar de tratar de justificar coherentemente la cáfila en la que emprendo este necio peregrinaje, es común y reincidente mi manía de buscar las coordenadas precisas en las que me encuentro, pero resulta que no poseo el compás para triangular una posición siguiente; soy un enfermo coleccionista de mapas, de todo tipo y de todo lugar; donde oso poner un pie por primera vez me armo con uno y previsualizo la posición de las cosas, pero mi desorden natural tiene a la vez a estos preciosos objetos amontonados en un rincón polvoriento de algún estante donde estos pliegos de papel esperan que en otro momento pierda otro tiempo con la mirada absorta, perdida y estúpida, sintiéndome un Dios sobre la topografiá de “mis” dominios, lo cierto es, que la mayoría de las veces “no se partir”.
Sumergido en la vulgaridad rampante en la que me tocó vivir me anestesio de sutileza cohonestando acciones que justifican (ante mi aún, y no siempre) mi desempeño laboral en este terreno viejo a veces frígido y otras lacivo pero siempre almácigo de venturas y desencantos.
Soy un tipo tan corriente y tan vulgar que la cantidad de mascaradas sociales que desempeño semanalmente y cada día, evidencia más descaradamente el maquillaje exagerado que podríamos ver en cualquier prostituta decadente.
No me interesa el arte como lo conocemos, no deseo trabajar ni abonar mi parte laborar en ese sentido si solo sirve para regocijo del patrono condescendiente y la palmadita hipócrita en la espalda; quiero destripar mi propio ego con un grito que sea propio y misteriosamente ajeno, morbosamente propio, vulgarmente mío y de todos, sabotear mi propio engranaje del deber ser, encontrarme en la mirada escandalosa de los que, apurados y nitrosos se mofaron al verme detrás mientras con la panza al pasto, yo me encandilaba viendo crecer la hierba.
Por: Salvador Vicario