Imagen: Audrei Kawasaki
“Yo se que no hay nada que decir…
Ya se que en el fondo hay una luz…”
¿qué hay de comer?
Jaime Urrutia
Mientras el trayecto de ese corte de pescado dibujaba un ligero arco convexo hacia a mi boca, imaginaba de nuevo la discreta complicidad que existía entre tu lejanía y la mía. Detrás del portal que divide la zona de mesas y tu discreta cocina, te atrincheras sin osar, ni propiciar un cruce de miradas que dé con el traste arruinando lo que ambos sabemos, compartimos.
De nuevo me persigues afanosamente por el pasillo, eres más grande que yo, las niñas crecen más rápido a esa edad, además yo soy de naturaleza delgada, flaco y pequeño. De manera que me alcanzas, me derribas, me llenas de besos y abrazos mientras me dices que me amas, que me adoras, me cubren tus brazos, con rudeza, con pasión. Tenemos solo 14 años y somos los pasajeros de una más de esas Escuelas de Educación Secundaria Federales del país. Todo sucede ante la divertida mirada de los demás, de nuevo. Sí, se divierten. Todos.
Regresé a esa ciudad, con sueños disueltos; con proyectos apurados por la mesura del tiempo comprimido, a los 50 años no hay futuro a largo plazo. Con hambre de vida, aún.
Te encontré, con un matrimonio disuelto acumulaste sabor y vida entre la alquimia de aromas y colores para los hambrientos solitarios. El pájaro escapó de tu jaula y ahora tuerces cuellos de aves para deleite de comensales solitarios como tu y como yo. En tu cocina encontraste el calor que se esfumó un día de entre tus sabanas. En donde tus sentidos ahora se alojan haces germinar y crear magia, lo sabes hacer bien.
Dime ¿qué hay de comer?
Tus brazos son fuertes, más que los míos, me liberas cuando tú así lo deseas, me dejas las mejillas adoloridas y rojas de tanto beso, rojas de rubor natural. Mi timidez es tan patente, siempre ha sido así. Quedo en el suelo sentado, recargado contra la baranda de metal frente al salón de clases, con sonrisa de estúpido, correspondiendo las risa de los demás, extrañamente cansado, …bien, además, creo que en el fondo, me siento bien.
¡Eres la misma! Treinta y seis años después y veo a la misma mujer, entera, hermosa, ya no tan físicamente grande, en eso te superé rápidamente y con mucho. Refugiada tras la barra de preparación, siempre tienes algo que hacer con la vista baja, picando, sirviendo, escondiendo esa mirada honda, que ahoga, que aprisiona, que encadena (nunca adiviné de que color son tus ojos, hoy aún no lo se). Cuando yo a mi vez bajo la mirada para mirar, admirar, el plato de comida puesto ante mi, se que piensas lo mismo, me escudriñas, me recuerdas ahora tu a mí, ahí, frente a ti. Fui yo quién se percató, te descubrí primero, al entrar por primera vez a tu cocina económica, no dije nada, ni un saludo, ni un –¿Eres tu acaso la misma que creo que fuiste?-, no, ninguna estupidez de esas que se me dan tan fácil, nada; mi timidez es patente aún y el pasado siempre está presente. Tu te percataste de mi más tarde, lo hiciste días después, no se cuando, mucho después, yo si cambié, físicamente la vida me mutó en otra cosa muy distinta al menudo chico que un día perseguías; pero algo hay permanente entre todos nosotros que se queda para los que alguna vez nos importamos recíprocamente.
De verdad que espero con ansiedad, miedo público, y deseo. Ese momento en que al doblar una esquina de un edificio y encontrarnos de frente es el inicio del espectáculo que además, los demás esperan. Siento tu sudor entre el cuello, tu voz que no entiendo lo que me dice, tus pechos apretando, apretándome, la humedad de tu saliva, tu olor, tus ojos. Somos jóvenes, somos vida, venga, solo juego a liberarme. En realidad no quiero.
Ahora mientras como este trozo de hojaldre de hongos trufados (¿¡quién hace esto en una “cocina económica”!?) me encanto entre el sabor de tu boca que sabía igual. Es tan penetrante y poderoso el recuerdo del olor de tu sudor joven envolviéndome ahora, emanando de este plato barato, invaluable. Entre la poderosa atracción de tu silencio eterno, cómplice; abismal entre unos cuantos metros que nos separan hace ya décadas.
Por Salvador Vicario









